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ETRUSCOS, GORDOS FELICES

tarquinia

Ilustración: Patricio Orellana Vargas “La ciudad de Tarquinia”, óleo 50 x 40 cms.

ETRUSCOS, GORDOS FELICES

El misterio de los etruscos
Siempre parece fascinante la historia de los etruscos, que precedieron y fueron contemporáneos de los romanos, hasta ser avasallados por éstos en el siglo III AC.

El escritor inglés David Herbert Lawrence, en las primeras décadas del siglo XX escribió una hermosa novela de viajes sobre las ruinas de las ciudades y lugares que éstos habitaron: “Etruscan places”. Hay otras novelas exclusivamente de imaginación sobre ellos, pero Lawrence trata de investigar sobre su origen, su desarrollo y su arte, viajando por la Toscana y parte de El Lacio hasta la Campania, donde estaban dispersas las ciudades etruscas que constituyeron una liga, pero nunca llegaron a ser un Estado. Ahora, los expertos no valoran la novela de Lawrence, pero sigue conservando su atractivo y su innegable descripción conmovedora de sus cementerios.

El verdadero camino para conocer la vida de los etruscos es a través de la muerte. En efecto, las ruinas más importantes de su cultura son sus cementerios, en ellos quedó escondido durante siglos su verdadera vida, ya que las ciudades etruscas fueron romanizadas y sólo quedaron algunas construcciones menores, aplastadas por la poderosa arquitectura e ingeniería romana.

Los cementerios etruscos eran verdaderas necrópolis, vecinas a sus ciudades, donde sus muertos fueron colocados en salas, generalmente excavadas en la roca, lo que permitió su preservación. Lo extraordinario de estas tumbas es que son verdaderos registros de la vida y del afán de vivir de los etruscos . Están pintadas de alegres colores, que representan paisajes, bailarinas, festines, guerreros, pájaros, animales fantásticos, músicos y especialmente hay objetos tallados que reflejan su cultura diaria: armas, platos, fuentes, etc. En algunas tumbas que no habían sido saqueadas se han encontrado objetos de metal y joyas: collares, petos, bandejas, cuencos, calderos, etc. Pero lo más conmovedor son las figuras humanas esculpidas en piedra o generalmente en terracota. Casi siempre son parejas, recostadas en un diván. Su estudio detallado permite entender su actitud frente a la vida: se les ve alegres y felices, vestidos con suma elegancia, cuidadosamente peinados y participando en un banquete donde se conversa y se disfruta de la vida. La calidad de estas esculturas es variable, pero las más bellas están en el Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia en Roma y en el Louvre. Pero también las hay en muchos museos locales en Florencia, Arezzo, Volterra, Tarquinia (se pronuncia Tarcuinia) y otras ciudades.

La sonrisa etrusca.
Estas esculturas, generalmente muestran objetivamente el lugar que ocupaba la mujer en la sociedad etrusca. Mientras que en Grecia y en Roma, la mujer era socialmente discriminada hasta en los banquetes, aquí se le ve participando alegremente, conversando, riendo. Los rostros de estas parejas, a veces son extremadamente bellos y tienen ojos avellanados, labios finos, cabellos peinados cuidadosamente y en el caso de los varones, lucen una barba puntiaguda y muy cuidada. Pero lo más espectacular es la sonrisa de estas personas. Casi todas tiene una semi sonrisa enigmática (mucho más  enigmática que la de la Mona Lisa), dulce y suave. El novelista español, José Luis Sanpedro escribió una novela que se llama “La sonrisa etrusca”, en la cual se describe la vida de un campesino calabrés que debe enfrentar la muerte a corto plazo y por primera vez entra a un museo y queda alucinado mirando a una de estas esculturas y entiende el sentido de la muerte y se comprende mejor a sí mismo y la actitud que él tenía frente a esta tragedia universal.

Etruscos y griegos
Los etruscos siempre miraron a los griegos como sus maestros. Cuando se ven sus obras en los museos, se puede apreciar como fueron imitándolos, primero comprando los vasos y urnas pintadas griegas, después sus burdas copias, hasta llegar a aproximarse, aunque sin alcanzar a sus maestros. Pero en las esculturas de sus tumbas demostraron originalidad, aunque tienen algunas raíces en la escultura ceremonial griega (especialmente las korei), llegaron a la profundidad psicológica individual en sus obras y transmitieron su forma de pensar en esas obras y objetos.

Pero los etruscos tiene además obras maestras en bronce. En Arezzo, uno de los centros metalúrgicos más importantes de los etruscos, se encontró la rugiente Quimera, que es un animal fantástico, figura de un león rugiente, con una cola de serpiente y en el lomo la cabeza adicional de una gacela con su cornamenta. La figura está llena de movimiento y energía, mostrando los músculos tensos preparándose para atacar. La quimera de Arezzo la admiramos en esa ciudad, donde se realizaba una exposición nacional etrusca y se habían juntado sus tres obras mayores, incluyendo el Orador, un personaje de tamaño natural que arenga vestido con una simple túnica y que habiendo sido descubierta en 1566 tuvo una influencia muy grande en el Renacimiento. La tercera es una diosa, también en bronce. (algunas obras etruscas fueron presentadas en una exposición en Santiago, en Providencia, en el año 2001).

Tarquinia, una pequeña y tranquila ciudad etrusca
Con toda razón el pintor chileno Roberto Matta eligió Tarquinia para vivir y para morir. Allí hay una necrópolis donde la pintura es lo principal.

Como estamos en invierno en Italia, Tarquinia casi no tiene visitantes. El tren llega a una estación próxima al mar, un balneario que parece deshabitado en esta época. El empleado de ferrocarriles nos informa que en unos minutos llega el bus que lleva a Tarquinia, que está a unos pocos kilómetros en lo alto de una colina. El bus llega puntualmente y en unos minutos nos deja a la entrada de la ciudad donde está el hotel, en el cual seremos sus únicos huéspedes. El Hotel San Marco, como muchos otros en Italia, es todo de mármol, con excelentes instalaciones y a un precio increíblemente económico (debe ser por la temporada pues es un hotel de tres estrellas). Frente al hotel está el Museo Nacional Tarquinese en lo que era el palacio arzobispal. Es extraordinario: hay colecciones de objetos de diversas épocas, desde los etruscos al Renacimiento. Hay salas que con reconstrucciones de tumbas etruscas, recién pintadas con los colores luminosos, lo que aleja el terror de la muerte, hay muchas esculturas de personajes, generalmente en parejas y en los divanes mencionados. Naturalmente que no son las mejores (que como señalamos están en el Louvre y en Villa Giulia), pero lo que sí es sobresaliente son los caballitos etruscos, una escultura de poco mas de un metro de alto de dos pegasos. Es una escultura en la que se llega a la perfección de los griegos con “un realismo casi fotográfico”. Estos caballitos inspiraron una novela a una escritora francesa, creo que a Marguerite Duras.

De manera que Tarquinia, ciudad de la cual tenía dudas en visitar mi esposa, resulta ser algo excepcional. Pero eso es sólo el comienzo. A la mañana siguiente vamos a visitar la necrópolis, a unos tres kilómetros, hay un bus que nos lleva, pero no hay de regreso porque no es temporada… pero eso no importa.

La visita a la necrópolis es impactante, el clima  es favorable, hay poca gente, todo es verde, hay amplias perspectivas para ver los valles y colinas cercanas y están las tumbas. La mayoría están cerradas, pero las que están para la visita del público es un viaje a otro mundo. Se baja por una escalera, se prenden las luces y al fondo se ve la sala de la tumba con sus pinturas de personas bailando, comiendo en banquetes, de jóvenes lanzándose a nadar, de panteras, de flores. No están los colores luminosos que vimos en el museo, pero es lo mismo, aquí opacado y ennoblecido por el tiempo (son del siglo VI AC), en el museo estaban traídos a la época actual como si se hubieran pintado ayer.

Después de ese viaje al pasado, salimos a la hora de cierre de la necrópolis, sabíamos que no había bus y los pocos visitantes que salían, tenían sus autos esperándolos. Paramos a mirar algunos quioscos de sovenirs para turistas y conversamos con uno de los vendedores respecto de cómo regresar a Tarquinia. Nos dijo que lo esperáramos unos minutos y que él nos llevaría. Cerró su negocio y en un gran auto nos llevó hacia Tarquinia mientras nos conversaba de los etruscos y de la actual ciudad de Tarquinia, al entrar a la ciudad nos invitó ir a un bar a tomar el aperitivo típico de esa hora, pero rehusamos su invitación porque su gentileza era ya excesiva. Concluimos que no todos los comerciantes piensan sólo en el lucro, hay algunos que son personas.

Tarquinia moderna
Tarquinia es una ciudad de pocas manzanas, no hay ni un solo edificio moderno, excepto el hotel (que tampoco es muy nuevo) todas las casas son antiguas, algunas de varios siglos. Hay una plaza central frente al municipio un poco desordenada de forma trapezoidal, iglesias antigua como Santa María in Castello y trozos de murallas medievales. Como la ubicación de Tarquinia -como casi todas las ciudades etruscas- es en la cumbre de una colina escarpada, las vistas desde sus murallas son amplias perspectivas de colores diversos según los sembrados en los planos y los árboles en las colinas. Sólo alguna fábrica o construcción moderna a lo lejos enturbia un paisaje tan bello.

Después de recorrer las calles centrales y ver a sus habitantes tomando cafés o aperitivos en los bares, decidimos entra en un bar cerca del hotel y tomamos copas del delicioso helado italiano de amareto. Después, al anochecer, regresamos al hotel, agotados, pero saturados de tantos impactos de belleza y humanidad.

Al día siguiente volvimos a la estación ferroviaria, el conductor del bus nos saludó como antiguos conocidos (los choferes en Italia parecen dueños de la empresa, por lo menos) y en la estación, el mismo funcionario del ferrocarril, también nos saludó y nos preguntó como lo habíamos pasado. Nos contó que en verano venía mucha gente, dado la proximidad de Roma, pero que la mayoría iba a disfrutar de la playa que era muy extensa.

Finalmente nos embarcamos en el tren al norte y poco a poco Tarquinia y los etruscos fueron quedando en el pasado y en nosotros.

Me quedo con los etruscos
Los romanos nunca simpatizaron con los etruscos, los llamaban despectivamente gordos o guatones y no podían entender la igualdad que otorgaban a las mujeres y el placer de la buena vida, incluyendo cierta libertad sexual. En esa época los romanos eran sobrios y rudos campesinos, sus mujeres eran castas y trabajadoras. El antagonismo con los etruscos era grande y hasta derrocaron a un rey etrusco de la ciudad de Roma a quien apodaban Tarquinio el Soberbio. Después, poco a poco, fueron derrotando y absorbiendo a las ciudades etruscas independientes que nunca lograron unirse.

Aldous Huxley dice que es muy excitante pensar en un pueblo del que se sabe tan poco, pero para quienes el amor se llamaba “flukutukh”.

Patricio Orellana Vargas
patoorellana@vtr.net
Santiago, febrero de 2003

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