Sakaiya, Taichi, Historia del futuro

Taichi Sakaiya, Historia del futuro, la sociedad del conocimiento

 

Taichi Sakaiya, Historia del futuro, la sociedad del conocimiento, Santiago, Editorial Andrés Bello, segunda edición, 1995. 355 Págs.

La Editorial Andrés Bello ha tenido un importante éxito editorial al traducir y publicar ensayos que han impactado al mundo. Esta labor le ha permitido, ya no sólo obtener progresos a nivel nacional, sino que en todo el mercado de habla hispana. En muchos casos, el lanzamiento ha sido muy oportuno, con pocos meses de diferencia con el lanzamiento en el país de origen, como ocurrió con Memoria a dos voces.

Sin embargo, el libro de Sakaiya, nos llega años después de su publicación inicial ocurrida en 1985 y es una traducción de su edición inglesa de 1991. Pero el trascurso de este tiempo ha permitido verificar que es una obra importante, ya que el desarrollo habido en estos 10 años corresponde a las líneas del futuro previsto por el autor.

El valor del conocimiento.
El concepto del hombre preconizado aquí es el de un animal astuto que ha logrado sobrevivir mediante el uso del cerebro.

Para Sakaiya, la sociedad industrial en que vivimos está en su cenit y en su agonía. En primer lugar rechaza la idea de que trata de una nueva fase de lo conocido, se trata de un paradigma completamente nuevo. La “sociedad tecnológica avanzada” como fase de la sociedad industrial o la sociedad postindustrial sólo se basan en perspectivas parciales de especialistas incapaces de tener una visión macrocósmica.

El cenit de la sociedad industrial es la cultura petrolera de la posguerra. El supuesto de toda esta etapa de la humanidad es la abundancia ilimitada de recursos y la utilización de ellos sin límite.

Desde una perspectiva mayor, Europa Occidental en 2000 años creció a una tasa de 0,2% anual. Estado Unidos, que tuvo un crecimiento espectacular entre 1920 y 1929, sólo alcanzó la tasa del 3% anual y entre 1918 y 1938, la tasa promedio fue inferior al 2%. En la posguerra la situación cambia y hay países como Japón que creció a una tasa de 10% durante casi 30 años. ¿A qué se debe esta velocidad de crecimiento?. Sakaiya dice que no hay una respuesta única, sino una conjugación de elementos: desarrollo tecnológico de la guerra y posguerra, el derrumbe de las barreras de clase, la mayor pericia en políticas económicas y el superior sistema financiero internacional de la posguerra. Pero lo fundamental fue la incuestionable abundancia de recursos minerales, energéticos y agrícolas.

Estos recursos baratos fueron aprovechados el máximo por Japón, que adquirió grandes cantidades de petróleo por debajo de los precios de coste, mientras que Estados Unidos, que debía proteger su propia producción petrolera, consumía este recurso a un precio muy superior. Inglaterra y Alemania, para proteger su minería del carbón siguieron produciendo electricidad con este recurso, lo que elevaba sideralmente los costos. Por su parte Francia, por razones políticas, pagaba sobreprecios al petróleo argelino.

En estas condiciones, Japón que carecía de recursos naturales significativos, tuvo evidentes ventajas.

La baja del precio del petróleo favoreció la industria de las fibras plásticas, de la goma sintética, del aluminio y de otras muchas.

Si en Japón escaseaban los recursos naturales, abundaba la mano de obra y en consecuencia, los salarios eran bajos. La ética y estética vigente propiciaba el uso de esta mano de obra como símbolo de riqueza: tener muchos sirvientes era el símbolo de una familia acaudalada y respetable. La casa debía ser una mansión con grandes jardines muy bien cuidados que requirieran un gran equipo de jardineros. Después de la guerra estos valores cambiaron, en un mundo con superávit de producción, Japón se dedicó a acumular materiales y alimentos baratos y a procesarlos en enormes fábricas que transformaron al Japón en una sociedad opulenta, llegando a una situación de escasez de mano de obra.

El producto desechable y los envase son consumidos masivamente. Consumir más era el símbolo de éxito. Se pasó de la conservación de los recursos a la conservación de la mano de obra.

En Estados Unidos, con abundancia de recursos, el proceso fue más lento. La tendencia fue poner énfasis en la cantidad antes que en la calidad. La producción en masa y a escala concordaba con los valores del derecho al consumo. En Japón como en Estados Unidos la estandarización fue llevada a los máximos posibles y se exaltaba el “mérito de la escala”. Hasta el campo del ocio se estandarizó en servicios y comercios estandarizados y automatizados. Esta es “la cultura petrolera de posguerra”. “La ideología de la sociedad industrial sostiene que es de buen gusto consumir recursos en abundancia, y que brindar la oportunidad de lograr ese consumo a todos los pueblos del mundo es hacerles justicia”.

Japón llegó a este nivel con unos diez años de atraso.

La sociedad industrial.
Si se distinguen tres tipos de consumo: la labor de otros, el espacio y, el consumo de cosas materiales, se puede sostener que en Japón aumentó el consumo de cosas materiales, pero se consume menos que en la preguerra en “labor de otros” y en espacio (no hay servidumbre, no hay casa grandes, etc).

En resumen, la sociedad industrial conduce a consumir más bienes materiales. Eticamente la cantidad y lo grande eran buenos. Es “racional” esta meta y es una aportación a la justicia social y a la felicidad humana.

Esta perspectiva cambió a principio de los ochenta y el slogan que pasó a tener vigencia es: lo bueno es “ligero delgado bajo pequeño”. Esta es la estética posmoderna.

Antes los automóviles debían ser gigantescos, ahora son pequeños, antes debía ser pesados, ahora livianos. Los equipos compactos eran mastodónicos, ahora son livianos y pequeños. Antes el derroche de gasolina era bien mirado, ahora es criticado. Los muebles y artículos electrónicos siguen estas líneas. En arquitectura, “la caja de vidrio” que derrochaba calor y energía, ahora es suplantada por el concreto y las tejas que permiten conservar el calor o ventilar sin el costo del aire acondicionado.

Esta situación es la que determinó la merma de los mercados de recursos, materia prima y alimentos, especialmente la disminución del consumo de petróleo. En el caso de Estados Unidos, pasó de 6.880 millones de barriles en 1978 a sólo 5.545 millones de barriles en 1984.

En el campo de la informática, en los años 70 lo principal era main frame; en el transporte, la velocidad; en lo bélico, las armas mayores y rápidas. Ahora todo es distinto. Se han desechado los planes del tren de 1000 Kmts/hora, el avión super sónico no se utiliza efectivamente (se duda del Concorde), los barcos de guerra no sobrepasan el límite alcanzado por el “Nimitz”. El software, la red y los PC dominan en informática. “Lo grande es desechado por quimérico y ampuloso”.

La nueva cultura estimula la mediana empresa, el producto diferenciado y en pequeña cantidad.

Los gustos de los consumidores cambiaron, ahora se aprecia lo que tiene incorporado “conocimiento”. Por ejemplo por una corbata de marca y excelente diseño se pagan 40 dólares, por otra del mismo material, pero de diferente diseño sólo se pagan 5 dólares. El diseño y la marca son “conocimiento”.

Ahora “el saber es el bien que existe en mayor abundancia”. Saber incluye conocimiento e información.

El valor del saber es ahora un componente importante de la manufacturación de un bien. No sólo en la industria de la educación y la información.

Siempre ha habido bienes cuyo valor está determinado por el conocimiento (las obras de arte, las joyas, etc.). Pero no es la misma situación, puede tratarse de una innovación, un nuevo material, etc.

El comportamiento humano se caracteriza por “la autoprotección instintiva”, que determina que cuando algo es abundante, se aproveche. Antaño fueron los recursos materiales, ahora y en el futuro es el “chi” (conocimiento o saber en japonés).

La diversificación y la tecnología de la información son los heraldos precursores del abandono de la producción masiva. Esto provocará cambios radicales, empezando por la empresa. Los medios de producción perderán importancia y serán más sencillos en términos materiales (no serán grandes fábricas complejas).

El fracaso del socialismo radica en la incapacidad de crear valor-conocimiento y aptitud para abordar la diversificación de la demanda.

Factores disgregadores.
El autor considera que para construir una teoría sobre el cambio entre dos etapas cruciales de la humanidad se requiere de una perspectiva de los cambios en otras etapas de la historia. Con este fin analiza el cambio entre la sociedad esclavista y el surgimiento de la edad media, así como el cambio provocado anteriormente con la revolución agrícola. Destaca que estas etapas son coincidentes tanto en occidente como en oriente. Entre los factores que provocaron el cambio menciona el demográfico: descenso de la población en las regiones avanzadas de la Antigüedad y el paralelo crecimiento de las poblaciones periféricas bárbaras, el cambio tecnológico y el agotamiento de madera y leña en la cuenca del Mediterráneo (la fuente de energía fundamental de la época), el entorno étnico (la existencia de estados o poderes vecinos de gran agresividad).

La ética y la estética son reflejos de estas situaciones. El arte en especial, muestra lo que ocurre en lo más profundo, a la vez que, generalmente anticipa el futuro. La antigüedad dio importancia a los bienes materiales y la cantidad. El medioevo lleva otros valores.

Actualmente la población de los países en desarrollo crece aceleradamente, mientras la de los países desarrollados se estanca y requiere mano de obre importada. La presión por entrar a Estados Unidos y a Europa Occidental es similar a la presión habida a fines del imperio romano.

Los cambios que se avecinan tienen que ver con la tecnología pero también con la organización. Adam Smith demostró que la organización había sido un factor esencial en la revolución industrial. Actualmente la tecnología tiene algunos límites y ya los descubrimientos no serán tan espectaculares. Por ejemplo, en Japón un viaje entre dos ciudades determinadas, a 600 kilómetros de distancia, requería 12 días a pie, con el ferrocarril se redujo a 24 horas, con el ferrocarril “golondrina” bajó a 7 horas y con el ” tren bala” la reducción del tiempo llegó a 3 horas, pero ya no sería significativo si se utiliza la tecnología electromagnética, pues la reducción del tiempo será insignificante. En medicina abundan los ejemplos de este tenor. La producción de cantidad y velocidad dejará de ser importante en el futuro.

Ya hay ideologías en desarrollo que rechazan el desarrollo ilimitado, el convencimiento de que el medio ambiente es frágil está empezando a reconocerse, pero simultáneamente hay un proceso de crecimiento demográfico, desertificación, desforestación y agotamiento del petróleo. Las fuentes alternativas son muy caras.

Una cultura antimaterialista.
Es inminente la muerte de la sociedad industrial. Para comprender este proceso hay que estudiar el fin de la sociedad feudal. El subjetivismo imperante se expresa en la actitud antimaterialista y en la escasa validez que se otorga a la exactitud cuantitativa. Las religiones preponderantes: el cristianismo, el islamismo y el budismo provienen de las regiones subdesarrollada y se imponen en los centros desarrollados. la subjetividad indiscutible de las religiones termina con la crítica y la discusión. Otro aspecto interesante es el concepto del tiempo. En la Europa medieval, existían 184 días festivos al año, el trabajo no era un valor importante, los campesinos de Francia, prácticamente no trabajaban durante todo el invierno, en los países más nórdicos, es probable que ocurriera lo mismo, con una extensión de este descanso, ya que los inviernos eran más largos. Según registros de conventos, el trabajo de sus miembros era de 6 horas diarias, incluyendo varias interrupciones para rezar. Era una cultura con pocas cosas y mucho tiempo, por eso ha sido definido el Medioevo como “falta de bienes, exceso de tiempo”. El precio de los bienes era algo también subjetivo y a menudo no dependía del trabajo y otras veces era en relación al comprador. No existía lo que ahora se llamaría sistema de precios.

Los cátaros y San Francisco de Asís con sus millones de seguidores, son dos expresiones distintas de la ética que desprecia los bienes materiales y exalta lo espiritual.

El fin de la sociedad medieval proviene de “un incremento en la oferta de bienes materiales que la sociedad misma no había buscado a sabiendas”. El autor denomina a esta situación “protomodernismo”, la cual se trunca en China, pero en Europa Occidental se afianza. Los descubrimientos de la pólvora, el papel, la brújula y el uso del carbón mineral son la expresión de este protomodernismo en China, estos descubrimientos llegan a Occidente por medio de las cruzadas y es la levadura del cambio que, con el transcurso de los siglos se afianza, especialmente por el descubrimiento de América, que abre nuevas posibilidades a Europa y finalmente, en el siglo XVIII surge la revolución industrial. En China, en cambio, el protomodernismo se agota y hay una restauración del mediavelismo, determinado especialmente por la presión de las tribus bárbaras que prosiguen al acecho y que permanentemente ingresan a China, donde no existe la apertura hacia un nuevo mundo, ni el desplazamiento de población y el ingreso de metales preciosos que favorecen el intercambio.

El posmodernismo.
El énfasis en mostrar aspectos significativos de la época medieval y su transición tienen como finalidad demostrar que “han prevalecido culturas basadas en conceptos muy diferentes de los que han guiado las civilizaciones modernas, y que el fenómeno no ha afectado a un mero puñado de personas en una región particular o un punto determinado del tiempo, sino que al mundo entero y durante siglos”.

Los cambios señalados sugieren que estamos en una etapa donde una ética y una estética diferentes conducen a una sociedad con nuevos paradigmas. Ha habido una revolución cultural que se expresa en la pintura, la arquitectura y hasta en las modas y la música de los Beattles, que se alejan cada vez más de la funcionalidad y la eficiencia. Este antiracionalismo se funda en el reconocimiento de la limitación de los recursos y el límite del crecimiento. El informe del Club de Roma de 1970 “Los límites del crecimiento, otorgó reconocimiento universal a esta situación. El ingreso de doce millones de inmigrantes ilegales en Estado Unidos, en los últimos años, la “boat people” del sudeste asiático, la salida de refugiados cubanos, el despoblamiento de los países del Sahara y el movimiento de sus poblaciones o otros países, son pruebas de estos procesos.

En los países desarrollados empiezan a destacarse “las riquezas espirituales”, “la calidad de vida”.

La innovación tecnológica crea un superávit de tiempo, reducción del tiempo en trámites bancarios por la informática, comunicaciones instantáneas, comida preparada, etc. han contribuido a ello. El ahorro de energía significa desempleo y obliga a acortar los horarios laborales. La perspectiva es que a futuro habrá más tiempo libre y más ocio.

La informática y la robotización están ayudando a la diversificación. Hoy hay 136 tipos de envases de cerveza en Japón, hace quince años sólo había ocho tipos estándar. Ahora la disponibilidad de modelos y variantes de modelos de automóviles se ha multiplicado. Esto es el fin de la producción a escala y masiva.

La sociedad de la información es ya un hecho, lo que significa abundancia de saber, a la vez que escasez de cosas materiales. El “valor conocimiento” pesará cada vez más y la subjetividad social determinará el ethos de los grupos, se preferirá la calidad a la cantidad.

Apenas el 10% de los trabajadores en Japón y Estado Unidos están en la industria manufacturera, el empleo masivo se genera ahora en la “industria terciaria”.

En la sociedad del conocimiento, la separación entre trabajo y medios de producción, que para Marx fue una contradicción esencial, se superará en esta sociedad del futuro. El valor trabajo, como teoría y como realidad será reemplazada por el valor-conocimiento. Las instalaciones y equipos son menos importantes ahora. La fábrica gigantesca ya no es el centro de la economía. Quienes crean valor-conocimiento son a la vez propietarios y trabajadores.

Otras profecías de Sakaiya son las siguientes: La organización anónima de la producción tenderá a desaparecer pues el conocimiento requiere ser personalizado; el sistema de precios ya no tendrá vigencia; se derrumbarán los estados nacionales y la gestión burocrática de la organización será reemplazada por “el manejo del mercado”.

Patricio Orellana Vargas

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